sábado, 22 de enero de 2011

Prologo

Era una dulce noche de julio de 1995 en el hospital de la Paz en Madrid. Todo tenía un simpático aroma a las dulces flores que se traían en ramos a los enfermos. Eran ya las nueve y treinta y dos cuando los llantos de un bebe rompieron la tranquilidad y el silencio del lugar. Era tan pequeño como el antebrazo de un hombre de un metro ochenta y tres de altura, con unos pulmones de gigante que no dejaban de anunciar su llegada al mundo. Cuando la matrona corto el cordón umbilical y se llevaron al niño para acallarlo, lavarlo y acunarlo el silencio volvió. Todo se quedo como si nada hubiese pasado minutos antes, pero la madre, que soñaba cansada en la cama de la habitación 147 del área de maternidad, las enfermeras y la matrona si sabían lo que había sucedido. Un joven varón, pequeñito, de tez blanca, grandes pulmones, de risa enriquecida acababa de nacer, pero nadie sabía lo que le depararía el futuro a aquella hermosa criatura. Al cabo de unos días de reconocimientos médicos para madre e hijo, ambos se abrazaron en aquella acogedora habitación y el padre pudo ver a su pequeña semilla y la de su mujer. Su hijo, Nazan Rodríguez Andrew, tan pequeño, a la vez tan grande.

Los primeros años del niño fueron felices y prósperos, en la guardería hizo bastantes amigos, lo cual era bueno para su desarrollo como persona, su padre recibió un aumento en su trabajo, que era ni mas ni menos el de asesor financiero de escritores y a su madre le publicaron en museos sus obras de arte. Todo era felicidad hasta que un 19 de agosto de 2005 su último abuelo murió, y sus padres entraron en una gran depresión, ambos se quedaron sin trabajo y tuvieron que vender su gran chalet por un pequeño apartamento, casi incompatible con la vida, en el centro de Madrid. El joven Nazan también se deprimió y sus notas bajaron tanto que fue expulsado de su conocido y prestigioso colegio y tuvo que ir a uno público, con mala enseñanza y desastroso. En ese momento de su vida fue cuando el joven, de tez blanca, cabello castaño oscuro, casi negro, ojos grandes y tan azules como el cielo en un día iluminado empezó a fantasear, a imaginar ser un héroe. Ahí fue cuando su corazón se asentó con un sueño, el sueño de vivir la magia y sentirla por sus venas, y fue cuando su ser ‘‘especial’’ empezó a latir en lo mas profundo de su alma.
Pasó el tiempo, todo volvió a algo parecido a la normalidad excepto porque su padre nunca se recuperó. Se sumió en una tristeza que se podía leer a leguas en la mirada de aquellos ojos verdes, marcados por su eterno sufrimiento. Se notó en su familia, reducida a tres personas, que su alma ya no quería seguir en ese mundo, que quería irse con su padre. Quedaba una escasa semana para el quince cumpleaños del preadolescente Nazan, cuando su madre por fin encontró trabajo. Iba a ser camarera de un prestigioso café-bar de el norte de Madrid, no era demasiado, pero al menos ganaría lo suficiente para mantener a su esposo y a su hijo. A la hora de escoger regalo para el joven, su padre no acertó, aunque claramente el no lo sabía. Le compró un disco de música de un grupo que el niño odiaba, pero él pensó que a su hijo le gustaría. Lo escondió en el garaje e intentó parecer lo mas feliz posible, cosa que no fue mas que un par de sonrisas falsas en momentos innecesarios que no hicieron mas que infundir al niño una gran lastima por su padre. El joven, por su parte, le escribió a su padre una carta, diciéndole lo mucho que le quería para ver si le animaba, pero solo se ganó un beso y un caramelo, además de otra sonrisa falsa y mal disimulada. El niño, harto de ver a su padre así, se fue casi llorando a su cuarto poco espacioso, de paredes grises y techo con goteras. Apenas tenía unos posters decorándola, una cama antigua de madera mal hecha, con un colchón de hace cinco años y una vieja mesa de plástico con una silla de ordenador que tenía las ruedas rotas. El dolido muchacho se tumbó en la cama y tapó su cara con la almohada, maldiciendo el día en el que murió su abuelo y la tristeza llegó a su hogar, que no era como había sido en su feliz infancia de niño inocente. En su interior ansiaba libertad, huir de ahí, olvidar el pasado y dirigirse al futuro con una gran sonrisa, sin miedos y descubrir su amado mundo de la magia, aunque sabía que jamás sucedería. El resto de días pasaron similares. Su madre relataba con esmero cada segundo en su nuevo trabajo, para distraer a las dos almas tristes que le acompañaban en aquella cena, antes del cumpleaños del pequeño. El padre, con una ilusión falsa dijo que al día siguiente la acompañaría al trabajo por la mañana, comprarían la tarta y volverían a casa cuando el pequeño se fuese a levantar, pero eso jamás sucedió.

Eran las doce del mediodía del veintiuno de julio de 2010 cuando Nazan salió corriendo hacia el salón en busca del abrazo de sus padres, sus regalos y su tarta de cumpleaños pero cuando llegó no estaban ni sus abrigos. Miró por toda la casa, sus padres no se hallaban en ella. Preocupado pensó que habrían pillado atasco y se sentó en el sofá a ver la televisión. Pasaron las horas y su estomago empezó a rugir con fiereza a eso de las tres y media del mediodía. Aun no tenía señales de sus familiares. Se acercó a la pequeña cocina y comió un poco de chocolate, pan y queso para acallar su hambre y volvió al sofá. Estaba ya de los nervios cuando a las cinco en punto de la tarde sonó su teléfono. Corrió velozmente hasta el y lo descolgó, acercándolo a su oído.


-¿¡¡PAPA!!?-Gritó ilusionado. Pero una voz que no le era familiar sonó del otro lado

-¿Eres Nazan?-Una voz muy gravbe- ¿Nazan Rodríguez?

-Si soy yo… ¿Dónde está mi padre?-Preguntó, pobre inocente de él.

-Dentro de unos minutos llegará un coche de policía a recogerte, estate en la calle con tus maletas, por favor.


Nazan, muy asustado y con el corazón a mil por hora hizo sus maletas y bajó al portal. No tardó más de un minuto en llegar un coche. Lo llevaron al hospital y el medico le sonrió dulcemente, diciéndole que todo iba a salir bien. El pobre inocente aun no sabía de qué hablaba aquel hombre. Llegaron a una sala grande y fría, llena de mesas y cajones largos. No olía demasiado bien. Le acercaron a una mesa de metal en la que había dos bultos grandes y los destaparon. El mundo de Nazan se hundió en la más sumisa oscuridad al comprobar que eran los cuerpos inertes de sus padres. Calló al suelo entre lagrimas y sollozos, maldiciendo el coche y maldiciéndose a si mismo. El medico le abrazó y le dijo que tenía que rellenar unos papeles ¿Papeles? Pensó el. Querían que rellenase unos papeles tras la muerte de sus padres ¿estaban cuerdos o locos aquellos hombres que inundaban esos pasillos por los que le llevaban? Escribió en aquellas hojas, ya sin uso de razón, aguantándose las lagrimas. Al cabo de unos días fue el entierro, en el que se halló solo con el cura, dado que ya no le quedaba más familia que el mismo y su corazón herido. Cuando terminó el entierro un hombre de negro con una gorra de conductor le sonrió se agachó y le acarició la mejilla.


-Te voy a llevar a tu nuevo hogar. Ven conmigo amiguito.


Le llevaron hasta un autobús amarillo con rayas azules y sin ningún anuncio publicitario. Cuando subió se hallaba solo y durante el resto del viaje su único amigo fue el mismo. Era un autobús de 54 plazas, con sillones bastante cómodos y una pantalla al principio del pasillo, detrás del conductor. Se quedó viendo una película hasta que al cabo de unas horas se quedó dormido.

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