Tenía perdida yo ya la noción del tiempo cuando la niebla se dispersó y pude ver, con asombro, aquel lugar tan acogedor, por así llamarlo, pues yo no lo conocía aun y no sabía nada del lugar. Era una ciudad completamente blanca y preciosa, hecha de un material… ¡De mármol! ¡Eso era de lo que estaba hecho! Mis ojos se encendieron al ver los tejados de mármol completamente nevados y sus calles, hechas del mismo material y de… -¡Eso es marfil!-Dijo una voz de niño pequeño en mi interior. Mis ojos se abrieron con ilusión al ver tan hermoso lugar. Cada casa, manzana, calle, cada rincón por el que pasábamos estaba decorado como si ya fuese navidad y los niños reían y jugaban en la calle felizmente con su adorada nieve. Había desde casas grandes y muy bien decoradas a casas pequeñas, que aun así se merecían respeto y adoración. Nunca había visto un lugar tan maravilloso y pensé que estaba soñando hasta que el autobús se paró. Agarré con fuerza mis maletas y respire hondo antes de bajar de aquel autobús, con cierta ilusión y felicidad en mis ojos y corazón. Puse los pies en aquel bello lugar y sonreí, entonces me di cuenta y observé el edificio ante el que me hallaba, si se puede llamar así, pues más bien era un palacio enorme para todo el mundo, hecho de aquellas bellas materias que lo volvían blanco y brillante, que junto a la nieve daba un aspecto que mas bien enfundaba terror. Era de paredes blancas amarillentas, altas, con un torreón enorme y grande como un rascacielos a la derecha. Por la izquierda… por la izquierda no alcanzaba a ver su final, pero seguramente sería simétricamente a este trozo, es decir, con un torreón a su derecha en aquella pared. Me sentía insignificante ante tal demostración de arte, parecía el palacio de una sinuosa corte de gigantes bien adinerados. Pero a la vez era demasiado aterrador, un lugar en el que yo no quería vivir, algo tan grande parecía esconder miles de secretos atronadores y repugnantes, mi sonrisa desapareció.
-Que… ¿Qué es esto?-Pregunté asombrado.
-Es tu nuevo hogar, jovencito. Es el palacio, castillo y orfanato de la ciudad de mármol y marfil.
-¿La ciudad de que?-Y comprendí el nombre al recordar el material del que estaba hecha.
El conductor se rió y acaricio de forma suave mi cabeza.
-Nunca he oído hablar de este lugar. ¿Esta en Asia? ¿En África?
-No esta en ningún continente que conozcas, pero tampoco esta más lejos que América de Europa.
-¿A que te refieres? Eso es imposible, no hay nada sin descubrir…
Y entonces me callé de golpe. ¿Mis sueños se estaban haciendo realidad? ¿Era esto un mundo mágico? ¿Acaso era posible? Durante unos instantes me sentí como un niño pequeño que acaba de probar su primera golosina y se adentra en un mundo increíble de sabores, pero aquí en vez de sabores eran colores, paisajes y olores. En el momento en el que formulé en mi mente aquella pregunta y empecé a pensar todo aquello se abrieron las puertas del sinuoso edificio, dejando a ver una parte de su interior, que estaba estratégicamente decorado con lujosos objetos, ni más ni menos que de cristal. No tenía un exceso de decoración, pero tampoco era pobre en ella, también tenía montones de pantallas por las paredes, lo que me parecía horrible ya que destrozaba el poco encanto que para mi tenía ese sitio. En realidad no tenía, yo no le veía nada bonito, era un lugar gigante comparado con el chalet en el que viví hasta los diez años, y mucho mas grande comparado con el piso en el que vivía hasta hace unas horas, no están bien los sitios pequeños, pero pasarse en algo grande tampoco. El que al parecer era el director, de ojos verdes que daban una sensación tranquilizadora y pelo blanco salió a recibirme con una sonrisa de oreja a oreja, y cuando me miró a los ojos se le puso una cara de algo parecido a miedo, pero sin llegar a serlo. No tenía mal aspecto el hombre, pero parecía demasiado viejo, mas de lo que probablemente sería y tenía un aspecto cansado y deplorable.
-Tu… ¿Eres Nazan?-Dijo en un tono interrogante, midiendo sus palabras.
-Si
-Ven conmigo… pequeño
Se giró y entró por el portal, sus pasos eran torpes, parecía muy nervioso, como si algo le hubiese desconcertado. Le seguí y pude observar el ‘‘precioso’’ mostrador, hecho de mármol ónix, con sus tonos verdosos brillantes. El suelo tenía una alfombra roja que parecía de terciopelo, pero creo que no lo era, con bordaduras doradas en sus extremos y laterales. Había unos cuantos cuadros en la pared, cuadros con fotografías de la ciudad y de un lago que yo aun no había visto. Andamos por múltiples pasillos, hechos del mismo material que la ciudad y el palacio, que daba una sensación de frio y calidez a la vez, aun que esto ultimo mucho menos. Acaricié suavemente aquellas paredes y sonreí con el tacto, que era áspero y frío. La alfombra seguía siendo igual pero la diferencia es que ya no había cuadros en estos pasillos, lo cual hacía que tuviese un aspecto mas pobre y tétrico, como los castillos de las películas antiguas en las que un detective tenía que investigar desapariciones o asesinatos. Al cabo de un rato el director se paró y abrió una puerta, dentro, se hallaban unos cuantos niños y unas niñas. Era una habitación bastante grande y acogedora.
-Chicos, chicas, os presento a vuestro nuevo compañero. Nazan Rodríguez.
Sonreí forzadamente, pues no me gustaba demasiado recordar mi apellido y la persona que me lo había dado, era muy reciente aun la herida de mi corazón para andar recordando lo sucedido. Entré y dejé las cosas en el armario que me indicaron, colocando todo con sumo cuidado y tranquilidad. Cuando terminé observé a los niños que jugaban o leían en sus camas, estaban todos vestidos iguales, como unos muñecos de porcelana de esos que colocas en tu habitación para darle un aspecto mas infantil. Ninguno excepto la niña de la cama mas cercana a la mía parecía menor de quince años.
-Hola-dije Una niña me miró y sonrió
-Hola. Yo me llamo Luna ¿Qué edad tienes?
-Quince… ¿A que día estamos?
-A 25 de julio ¿por?
-Entonces tengo quince recién cumplidos hace cuatro días.
La niña se acercó y besó de forma dulce mi mejilla, lo cual me hizo enrojecer y me recordó a mi madre. Un nudo atrapo mi garganta y tuve muchísimas ganas de llorar, nunca mas volvería a tener sus besos de buenas noches, jamás volvería a escuchar su voz cantarme una canción y mucho menos contarme un cuento. Aquella niña, con sus sonrisa y esos ojos me recordaba demasiado a mi madre. Me aguanté las ganas de llorar ya que no quería dar una mala impresión.
-Yo tengo catorce. Feliz cumpleaños atrasado.
Le sonreí e intente no sonrojarme más porque, cuanto mas lo hacía mas me acordaba de cómo me hacía sentir de estúpido mi madre cuando hacía lo que había hecho ella, darme un beso en la mejilla. Se volvió a sentar he hizo un gesto para que la acompañase. Me acomodé a su lado y comenzamos a hablar largo y tendido. Mientras, me iba fijando en como era la habitación, era circular, lo cual me hizo saber que estábamos en el torreón, pero no sabía de que lado exactamente. Su techo era bastante bajo, y había unas escaleras al lado de la puerta, para subir y bajar. La alfombra ya no era roja, sino morada con tonalidades azules, igual que el mármol de las paredes. A la derecha había una pantalla enorme, y en la mesa cristalina de debajo un montón de videoconsolas y fue cuando me di cuenta de que en este orfanato no se adoptaba a gente, aquí creo que intentaban que nos quedásemos para siempre pero… ¿Por qué? Las camas eran cómodas y blandas, con sabanas blancas y almohadas azules, de pronto me entró un sueño increíble aunque no quería dormir. Los armarios eran de marfil, y las mesas y las monturas de los lechos eran de cristal, lo que hacía que diese la sensación de que nada más sentarte se iban a romper en mil cachitos, mas motivos para no dormir. Todo tenía aspecto alegre y brillante, lo cual hacía que fuese muy reconfortante aquel lugar, pero para mi seguía teniendo algo oscuro y tenebroso, algo escondido tras sus paredes y a cada instante que ella seguía hablando y contando su historia, mayor era la sensación de que alguien nos escuchaba al otro lado del pasillo.
Al parecer, Luna se había quedado huérfana a los 7 años, cuando sus padres tuvieron un accidente en un avión. A ella también le había recogido un autobús, y sin saber como había despertado ya en esta habitación. Era bastante maja y amable. Para tener catorce años sabía relatar bastante bien las historias, otra cosa mas que me recordó a mi madre. Cuando era pequeño, cuando me contaban cuentos prefería no dormirme hasta el final ya que mi madre los contaba de un modo que te hacía entrar en ellos y jamás querías salir. En la habitación también había conocido a otro chico, Santi. El era huérfano desde que nació, su padre murió una semana antes del parto y su madre en él. Pobrecillo. Luna era delgada, de un metro cincuenta y nueve de altura, con el pelo largo y de un castaño tan claro que tenía tirabuzones dorados, era bastante guapa. Santi, por el contrario, era mucho más bajito y llenito, con una cara redonda muy peculiar y unos ojazos negros como azabaches, era un tanto borde y parecía que todo le daba un poco igual pero era comprensible después de todo lo que le había pasado. Su pelo era muy corto y rapado, no pasaba de sus orejas, de un tono muy negro.
Después de unas horas, el director entró con unas prendas y me sonrió, de forma falsa, que me recordó a mi padre. Me levanté y las cogí. Al parecer era el uniforme del orfanato, las prendas que llevaban todos. Me sentó mal que me obligasen a ponerme eso, yo no quería parecer un maniquí de las tiendas de ropa, al que visten con lo que les da la gana, a mi me gusta vestirme con lo que quiero. Para los chicos era una camisa blanca y unos pantalones de vestir azules, con su chaqueta bordada azul y mangas doradas. Para las chicas era igual, exceptuando que tenían falda y que la chaqueta era de mujer, era completamente horrible. Me hacía recordar los años que pase en aquel colegio de ricos, y como consecuencia, la muerte de mi abuelo. Unas ganas inmensas de llorar se apoderaron de mis ojos, pero me aguanté de nuevo. Cuando se volvió a ir, todos siguieron con lo que estaban haciendo cuando llegue y me sentí bastante solo. Saqué de la maleta un comic y comencé a leerlo hasta que el sol calló, la oscuridad se apodero de todo y los demás se acostaron. Asegurándome de que todos estaban ya dormidos abracé la almohada y llore largo y tendido, pero en silencio, durante toda la noche, recordando con temor lo sucedido, deseando despertar a la mañana siguiente en mi cama, el día de mi cumpleaños, como si esto fuese un sueño y comer feliz con mis padres aquella tarta que habían ido a comprar. Me lamentaba cada instante por todo, era demasiado injusto y encima me tocaba compartir habitación con alguien que me recordaba demasiado a mi madre, esto iba a ser algo realmente insufrible, quería volver a casa.
A las nueve en punto de la mañana, el sol comenzó a salir por algún lado, y los pájaros empezaron a piar y cantar, lo cual me hizo despertar. Observé a mí alrededor y vi que nada había sido un sueño, una gran angustia cubrió mi corazón, y otra vez volvieron esas atronadoras y destructoras ganas de llorar . Me levanté a trompicones, chocándome con los muebles pues aun no se veía con claridad. Pisé algún juguete que otro pero conseguí no gritar de dolor. Conseguí llegar a la puerta después de un par de caídas más y salí al pasillo, en busca del baño. Anduve por los pasillos un buen rato, deseando encontrar mi destino pero era todo muy grande, maldecía no haber cogido mi linterna. Abrí una puerta al azar y mágicamente acerté. Sin darle demasiada importancia al hecho di la luz y me lave los ojos, ojerosos por haber llorado. Suspiré y volví a hacerlo, caí al suelo de rodillas, recordando lo sucedido, maldiciendo el día en el que le dieron el trabajo a mi madre. Si este era mi nuevo hogar no me gustaba, era demasiado grande y tétrico, ocultaba algo, lo sabía perfectamente, tenía algo escondido. Y esta ciudad… parecía mágica, si, pero era tenebrosa y había algo en el aire que no me dejaba estar tranquilo, jamás sería feliz aquí.. Este no era ni sería jamás mi hogar, quería despertar, irme, volver a casa y abrazar a mis padres, pero sabía que eso jamás sucedería porque ellos estaban muertos y no iban a volver, por un momento deseé ir con ellos. Me acurruque en un rincón del baño, dejando rienda suelta a mis sentimientos de tristeza, odio e ira que no dejaban de fluir de lo mas profundo de mi corazón, hasta que no aguanté mas y grité, grité por ellos, porque no era justo, grité por mi, porque solo tenía quince años y quería a mis padres, a mi abuelo, a mi familia de vuelta en casa, grité hasta quedarme afónico, hasta no poder más. Al cabo de dos largas horas, salí del baño y fui hacia el comedor, aunque tampoco sabía donde se hallaba, estaba perdido, pero en todos los sentidos. Ni sabía donde estaba este lugar, ni porque me habían llevado aquí y mucho menos sabía si saldría algún día. En el camino me crucé con el director, quien me miró y suspiró, con otra vez aquella mirada parecida al miedo, pero ahora con un poco mas de alivio, como si le gustase que llorara y en ese momento me di cuenta de que ese hombre era cruel, estaba casi seguro de que no nos traía aquí para cuidarnos. Me acompaño hasta donde estaban los demás, desayunando. Cuando entré todos y cada uno de esos niños me miraron con lastima, con pena y ahí fue cuando supe que yo jamás sería como ellos, que habían aceptado su desdicha. Yo no quería aceptar eso, no podía. Quería regresar a España y, como mínimo, ser adoptado por una familia normal y corriente, tener un padre, una madre y algún hermano, jugar en el retiro y comer castañas asadas bajo el enorme reloj de la puerta del sol. Sin aguantar ni un segundo mas salí de aquella habitación, de aquel lugar y corrí por las calles de la ciudad, durante minutos, horas, corriendo siempre hacía el norte, pasando por calles grandes llenas de gente, completamente adornadas hasta callejones oscuros y pequeños, tétricos y de mal gusto, que olían mal y en los que apenas quedaba nieve. Corrí desesperado, esperando aparecer de pronto en mi casa, en Madrid, en algún sitio que conociese, no quería quedarme allí, no era mi lugar. Seguí a toda velocidad, quedándome sin aliento, mi estomago comenzaba a rugir pero me daba igual, yo solo quería huir. Corrí hasta que llegue a un pozo en el que estaba todo casi derruido, era tétrico, yo estaba agotado. Me di cuenta de que estaba solo y entonces me asuste aun más, la angustia desapareció, dejando paso al miedo y… ¿Alivio? Estaba sintiendo alivio, por un instante pensé que iba a morir y ceo que esa idea me gustaba pero… ¿Por qué? Creo que era porque así iria con mis padres, lo que deseaba más en este mundo, pero también tenía medio, miedo a que al morir no hubiese nada mas, no existiese el cielo o incluso a ir al infierno. Tenía miedo a dejar de sentir, dejar de escuchar, hablar, moverme, mirar… tenía mucho miedo.
-¿Hola?
Hola, ola, la, a… se escuchó el eco. De pronto una sombra apareció en una ventana. Mi mente dijo huye, mi corazón dijo aguanta y mi alma se paralizo, no podía moverme del miedo, nunca había sabido que era tan miedica ¿O acaso si podía moverme y estaba haciendo caso a mi corazón? A lo mejor ni siquiera estaba pensando en la posibilidad de huir, y era valiente. No lo se, solo se que asustado si estaba, y que creí que en cualquier momento una bala atravesaría mi cabeza o que alguien se abalanzaría sobre mí con un cuchillo, esto era fruto del miedo ¿O de la realidad? Era cierto que podía pasar, estaba solo en un lugar tétrico, derruido y abandonado que perfectamente podía estar abarrotado de asesinos, pederastas, secuestradores… el miedo seguía ahí y moví con desesperación mis manos y un pie hacia atrás, entonces me di cuenta, no estaba paralizado simplemente no quería huir porque no me habían enseñado a ser un miedica, si esto era lo que me tenía que pasar por haber huido de mi hogar que me pasase y, si salía con vida, habría aprendido la lección. De pronto me di cuenta ¿Qué estaba haciendo? Era la primera vez que tenía esta clase de pensamientos, nunca antes había aceptado lo que me pasaba, ni cuando suspendía, me peleaba, me regañaban, ni si quiera con la muerte de mis padres, entonces ¿Por qué pensaba así ahora? Notaba como rápidamente algo cambiaba en mi interior, algo extraño ¿Qué era? Dejé de pensar y me decidí a actuar. Me moví un poco hacia la derecha, buscando avistar a mi enemigo, por así llamarlo.-Que atrevido eres al acercarte aquí- Era una voz demasiado infantil y deje de estar asustado. Esa sensación de tener la muerte cerca seguía en mi interior, no conseguía alejarla pero al menos ya no quería huir en ninguno de los casos y ya no pensaba que me iban a disparar, a clavar un cuchillo o cualquier cosa de esas. Medí bien mis movimientos, observando al completo a aquel joven que me amenazaba con una mirada, por su traje supe que era del orfanato. Di una vuelta, rodeando el pozo mientras aquel joven hacia lo mismo justo enfrente, no enfundaba temor pero un poco de respeto si, por el hecho de a verme conseguido asustar de aquel modo, ni si quiera le había oído llegar y sus pasos eran decididos, como si conociese perfectamente este lugar y lo que iba a suceder a continuación, a lo mejor el tenía todo esto preparado y me había seguido hasta aquí.
-¿Quién eres?-Pregunté
Tenía el pelo a media melena y completamente rubio, era bastante alto, mas que yo, y parecía uno o dos años mayor, llevaba el uniforme del orfanato con la chaqueta desabrochada y el botón de arriba de la camisa roto, parecía un rebelde como los de las películas americanas. ¿Qué querría de mí? A lo mejor había hecho algo que le molestase, aun que yo no había hecho nada desde que llegué.
-Eres un llorica, don niño quiero volver a casa con mis papas muertos.-Dijo aquel chaval.
La rabia inundó todo mi cuerpo y me lancé dando golpes contra él, olvidando mis razonamientos fríos, precipitándome ante mis pensamientos que me decían que mantuviese la calma, me había cabreado. Él me paró y empujó de un puñetazo contra el suelo, tenía mucha fuerza. Al caer me dolieron todos los huesos, que retumbaron en el silencio de la mañana de aquel lugar, me había dolido mucho. El se acercó hasta a mi y me levantó de la chaqueta, yo me intenté escapar, revolviéndome con fuerza y ferocidad.
-¡Estate quieto llorica!-gritó furioso.
-¡No me da la gana! ¡Cállate de una vez bocazas!
-¿Bocazas yo? Yo no voy gritando y lloriqueando por los pasillos que quiero volver con mi mama y mi papa que han muerto. ¡Eres un enano llorica!- Y me soltó, me alejé dando un par de pasos hacía atrás.
-¡Cállate inútil!-Grité frustrado, sabiendo que en el fondo tenía razón. ¿Pero que podía hacer yo para evitarlo? Solo tenía quince años y acababa de sufrir hace unos días la peor desgracia que me podía imaginar, no podía evitar estar triste y llorar.
Justo cuando empecé a andar vuelto de nuevo en ira algo llamo nuestra atención, era un niño, del orfanato que se acercaba al pozo tenia… ¡Tenia los ojos rojos! Estaba seguro de lo que hacía, su piel era blanca, fina y brillante, como la de un vampiro y pensé que estaba en una película de terror, que de pronto se giraría y nos mordería el cuello, chupando nuestra joven sangre y dejándonos secos. O a lo mejor solo quería llevarnos a su malvado castillo para que su rey vampiro hiciese experimentos con nosotros -¿Qué chorrada no?- Dijo una voz en mi cabeza, tenía razón, lo que estaba pensando era completamente absurdo pero, ¿Por qué tenía aquel joven los ojos rojos?
-He chaval ¡No hagas eso! –Gritó el estúpido bocazas, a partir de ahora le llamaría así, porque es lo que es.
Fue demasiado tarde y de pronto, un hombre de unos dieciocho años, vestido completamente de negro agarro al niño, tapándole la boca y cogiéndolo por la cintura, nos miró, sonrió, era completamente tétrico, como sacado de una película estilo ‘Scooby Doo’’ en el que unos jóvenes tienen que investigar hechos extraños, otro pensamiento absurdo, lo sé, pero no tenía nada mejor que pensar. El encapuchado soltó una fría carcajada y desapareció. La sensación de tener la muerte cerca dejo de ser tan intensa, pero la mirada de aquel niño antes de desaparecer se había clavado en mi corazón y las palabras que había conseguido leer de sus labios también:
‘‘Todo es oscuro en la eternidad
Ya voy contigo Papa
La muerte me llama
La tristeza se aleja
Mi corazón se para
Todos moriremos con ellos’’
Canturreaba en una canción que había helado mis huesos. El otro joven se quedo boquiabierto, paralizado del susto, sin habla. De pronto, sin saber porque los dos quisimos llorar, llorar eternamente pero lo único que hicimos fue mirarnos, asustados, llenos de miedo. Acabábamos de presentar una desaparición y a lo mejor si no nos hubiésemos peleado y le hubiésemos visto llegar habríamos podido impedirlo, pero ya había pasado.
-Vámonos de aquí-Le dije
-Vale.-Asintió
Volvimos rápidamente, en cosa de hora y media al orfanato, pasando de nuevo por montones de calles y callejones resbaladizos por el agua-nieve. Cuando llegamos al orfanato contamos lo sucedido, el director llamó a la policía y se fueron a investigar. El resto del día transcurrió normal, o lo que allí parecía normal comimos sopa y merluza a las dos y media, la cual estaba asquerosa, como si tuviese siglos, a mi me costó cosa de una hora comérmela. Al rato, por la tarde acudimos a una charla de autocontrol de ira, cosa que a mi me venía muy bien después de mi encuentro con el bocazas, a las siete merendamos lo que quisimos, yo no comí nada mas que un trozo de chocolate, tenía el estomago revuelto y no dejaba de pensar en la mirada de aquel niño. Después de la merienda nos dejaron salir a la calle pero yo me quedé en la habitación, repitiendo en mi mente aquella tétrica canción con la que había desaparecido el chaval ¿Y si era un hechizo? –Que absurdo-Pensé. No sabía por que pero no dejaba de tener pensamientos absurdos e infantiles pero… ¿Y si eran ciertos?. A las diez cenamos otra cosa repugnante, un filete de ternera tan duro como la suela de un zapato, yo lo dejé en la mesa y me escabullí, echaba muchísimo de menos al dulce y deliciosa comida de mi madre, los jugosos filetes de la sierra y las verduras y hortalizas de los buenos huertos. Después nos fuimos a dormir, eran cosa de las once y medía cuando llegué y ya estaban todos acostados, creo que era el que mas tardaba en comer, pero eso no me preocupaba, jamás me había importado comer rápido, con eso solo conseguías atragantarte. Esa noche no llore por mis padres, lloré porque estaba asustado, aquel niño parecía seguro de si mismo al decir que quería morir, y eso era mas aterrador que cualquier cosa, y aquel joven de dieciocho que se lo había llevado era aun mas tétrico, había conseguido llenar hasta mis últimos huesos de miedo. Ya había comprendido que mis sospechas eran ciertas, todo este lugar era un sitio terrorífico y aterrador, tenía algo escondido bajo sus calles, algo poderoso y malvado, estaba muy seguro de que no nos traían aquí para hacernos felices. Poco a poco sentí como el sueño se apoderaba de mi, pero en mi mente seguían clavados esos ojos y esas palabras de aquel niño inocente que fue arrastrado por algún motivo a desaparecer.
-Que… ¿Qué es esto?-Pregunté asombrado.
-Es tu nuevo hogar, jovencito. Es el palacio, castillo y orfanato de la ciudad de mármol y marfil.
-¿La ciudad de que?-Y comprendí el nombre al recordar el material del que estaba hecha.
El conductor se rió y acaricio de forma suave mi cabeza.
-Nunca he oído hablar de este lugar. ¿Esta en Asia? ¿En África?
-No esta en ningún continente que conozcas, pero tampoco esta más lejos que América de Europa.
-¿A que te refieres? Eso es imposible, no hay nada sin descubrir…
Y entonces me callé de golpe. ¿Mis sueños se estaban haciendo realidad? ¿Era esto un mundo mágico? ¿Acaso era posible? Durante unos instantes me sentí como un niño pequeño que acaba de probar su primera golosina y se adentra en un mundo increíble de sabores, pero aquí en vez de sabores eran colores, paisajes y olores. En el momento en el que formulé en mi mente aquella pregunta y empecé a pensar todo aquello se abrieron las puertas del sinuoso edificio, dejando a ver una parte de su interior, que estaba estratégicamente decorado con lujosos objetos, ni más ni menos que de cristal. No tenía un exceso de decoración, pero tampoco era pobre en ella, también tenía montones de pantallas por las paredes, lo que me parecía horrible ya que destrozaba el poco encanto que para mi tenía ese sitio. En realidad no tenía, yo no le veía nada bonito, era un lugar gigante comparado con el chalet en el que viví hasta los diez años, y mucho mas grande comparado con el piso en el que vivía hasta hace unas horas, no están bien los sitios pequeños, pero pasarse en algo grande tampoco. El que al parecer era el director, de ojos verdes que daban una sensación tranquilizadora y pelo blanco salió a recibirme con una sonrisa de oreja a oreja, y cuando me miró a los ojos se le puso una cara de algo parecido a miedo, pero sin llegar a serlo. No tenía mal aspecto el hombre, pero parecía demasiado viejo, mas de lo que probablemente sería y tenía un aspecto cansado y deplorable.
-Tu… ¿Eres Nazan?-Dijo en un tono interrogante, midiendo sus palabras.
-Si
-Ven conmigo… pequeño
Se giró y entró por el portal, sus pasos eran torpes, parecía muy nervioso, como si algo le hubiese desconcertado. Le seguí y pude observar el ‘‘precioso’’ mostrador, hecho de mármol ónix, con sus tonos verdosos brillantes. El suelo tenía una alfombra roja que parecía de terciopelo, pero creo que no lo era, con bordaduras doradas en sus extremos y laterales. Había unos cuantos cuadros en la pared, cuadros con fotografías de la ciudad y de un lago que yo aun no había visto. Andamos por múltiples pasillos, hechos del mismo material que la ciudad y el palacio, que daba una sensación de frio y calidez a la vez, aun que esto ultimo mucho menos. Acaricié suavemente aquellas paredes y sonreí con el tacto, que era áspero y frío. La alfombra seguía siendo igual pero la diferencia es que ya no había cuadros en estos pasillos, lo cual hacía que tuviese un aspecto mas pobre y tétrico, como los castillos de las películas antiguas en las que un detective tenía que investigar desapariciones o asesinatos. Al cabo de un rato el director se paró y abrió una puerta, dentro, se hallaban unos cuantos niños y unas niñas. Era una habitación bastante grande y acogedora.
-Chicos, chicas, os presento a vuestro nuevo compañero. Nazan Rodríguez.
Sonreí forzadamente, pues no me gustaba demasiado recordar mi apellido y la persona que me lo había dado, era muy reciente aun la herida de mi corazón para andar recordando lo sucedido. Entré y dejé las cosas en el armario que me indicaron, colocando todo con sumo cuidado y tranquilidad. Cuando terminé observé a los niños que jugaban o leían en sus camas, estaban todos vestidos iguales, como unos muñecos de porcelana de esos que colocas en tu habitación para darle un aspecto mas infantil. Ninguno excepto la niña de la cama mas cercana a la mía parecía menor de quince años.
-Hola-dije Una niña me miró y sonrió
-Hola. Yo me llamo Luna ¿Qué edad tienes?
-Quince… ¿A que día estamos?
-A 25 de julio ¿por?
-Entonces tengo quince recién cumplidos hace cuatro días.
La niña se acercó y besó de forma dulce mi mejilla, lo cual me hizo enrojecer y me recordó a mi madre. Un nudo atrapo mi garganta y tuve muchísimas ganas de llorar, nunca mas volvería a tener sus besos de buenas noches, jamás volvería a escuchar su voz cantarme una canción y mucho menos contarme un cuento. Aquella niña, con sus sonrisa y esos ojos me recordaba demasiado a mi madre. Me aguanté las ganas de llorar ya que no quería dar una mala impresión.
-Yo tengo catorce. Feliz cumpleaños atrasado.
Le sonreí e intente no sonrojarme más porque, cuanto mas lo hacía mas me acordaba de cómo me hacía sentir de estúpido mi madre cuando hacía lo que había hecho ella, darme un beso en la mejilla. Se volvió a sentar he hizo un gesto para que la acompañase. Me acomodé a su lado y comenzamos a hablar largo y tendido. Mientras, me iba fijando en como era la habitación, era circular, lo cual me hizo saber que estábamos en el torreón, pero no sabía de que lado exactamente. Su techo era bastante bajo, y había unas escaleras al lado de la puerta, para subir y bajar. La alfombra ya no era roja, sino morada con tonalidades azules, igual que el mármol de las paredes. A la derecha había una pantalla enorme, y en la mesa cristalina de debajo un montón de videoconsolas y fue cuando me di cuenta de que en este orfanato no se adoptaba a gente, aquí creo que intentaban que nos quedásemos para siempre pero… ¿Por qué? Las camas eran cómodas y blandas, con sabanas blancas y almohadas azules, de pronto me entró un sueño increíble aunque no quería dormir. Los armarios eran de marfil, y las mesas y las monturas de los lechos eran de cristal, lo que hacía que diese la sensación de que nada más sentarte se iban a romper en mil cachitos, mas motivos para no dormir. Todo tenía aspecto alegre y brillante, lo cual hacía que fuese muy reconfortante aquel lugar, pero para mi seguía teniendo algo oscuro y tenebroso, algo escondido tras sus paredes y a cada instante que ella seguía hablando y contando su historia, mayor era la sensación de que alguien nos escuchaba al otro lado del pasillo.
Al parecer, Luna se había quedado huérfana a los 7 años, cuando sus padres tuvieron un accidente en un avión. A ella también le había recogido un autobús, y sin saber como había despertado ya en esta habitación. Era bastante maja y amable. Para tener catorce años sabía relatar bastante bien las historias, otra cosa mas que me recordó a mi madre. Cuando era pequeño, cuando me contaban cuentos prefería no dormirme hasta el final ya que mi madre los contaba de un modo que te hacía entrar en ellos y jamás querías salir. En la habitación también había conocido a otro chico, Santi. El era huérfano desde que nació, su padre murió una semana antes del parto y su madre en él. Pobrecillo. Luna era delgada, de un metro cincuenta y nueve de altura, con el pelo largo y de un castaño tan claro que tenía tirabuzones dorados, era bastante guapa. Santi, por el contrario, era mucho más bajito y llenito, con una cara redonda muy peculiar y unos ojazos negros como azabaches, era un tanto borde y parecía que todo le daba un poco igual pero era comprensible después de todo lo que le había pasado. Su pelo era muy corto y rapado, no pasaba de sus orejas, de un tono muy negro.
Después de unas horas, el director entró con unas prendas y me sonrió, de forma falsa, que me recordó a mi padre. Me levanté y las cogí. Al parecer era el uniforme del orfanato, las prendas que llevaban todos. Me sentó mal que me obligasen a ponerme eso, yo no quería parecer un maniquí de las tiendas de ropa, al que visten con lo que les da la gana, a mi me gusta vestirme con lo que quiero. Para los chicos era una camisa blanca y unos pantalones de vestir azules, con su chaqueta bordada azul y mangas doradas. Para las chicas era igual, exceptuando que tenían falda y que la chaqueta era de mujer, era completamente horrible. Me hacía recordar los años que pase en aquel colegio de ricos, y como consecuencia, la muerte de mi abuelo. Unas ganas inmensas de llorar se apoderaron de mis ojos, pero me aguanté de nuevo. Cuando se volvió a ir, todos siguieron con lo que estaban haciendo cuando llegue y me sentí bastante solo. Saqué de la maleta un comic y comencé a leerlo hasta que el sol calló, la oscuridad se apodero de todo y los demás se acostaron. Asegurándome de que todos estaban ya dormidos abracé la almohada y llore largo y tendido, pero en silencio, durante toda la noche, recordando con temor lo sucedido, deseando despertar a la mañana siguiente en mi cama, el día de mi cumpleaños, como si esto fuese un sueño y comer feliz con mis padres aquella tarta que habían ido a comprar. Me lamentaba cada instante por todo, era demasiado injusto y encima me tocaba compartir habitación con alguien que me recordaba demasiado a mi madre, esto iba a ser algo realmente insufrible, quería volver a casa.
A las nueve en punto de la mañana, el sol comenzó a salir por algún lado, y los pájaros empezaron a piar y cantar, lo cual me hizo despertar. Observé a mí alrededor y vi que nada había sido un sueño, una gran angustia cubrió mi corazón, y otra vez volvieron esas atronadoras y destructoras ganas de llorar . Me levanté a trompicones, chocándome con los muebles pues aun no se veía con claridad. Pisé algún juguete que otro pero conseguí no gritar de dolor. Conseguí llegar a la puerta después de un par de caídas más y salí al pasillo, en busca del baño. Anduve por los pasillos un buen rato, deseando encontrar mi destino pero era todo muy grande, maldecía no haber cogido mi linterna. Abrí una puerta al azar y mágicamente acerté. Sin darle demasiada importancia al hecho di la luz y me lave los ojos, ojerosos por haber llorado. Suspiré y volví a hacerlo, caí al suelo de rodillas, recordando lo sucedido, maldiciendo el día en el que le dieron el trabajo a mi madre. Si este era mi nuevo hogar no me gustaba, era demasiado grande y tétrico, ocultaba algo, lo sabía perfectamente, tenía algo escondido. Y esta ciudad… parecía mágica, si, pero era tenebrosa y había algo en el aire que no me dejaba estar tranquilo, jamás sería feliz aquí.. Este no era ni sería jamás mi hogar, quería despertar, irme, volver a casa y abrazar a mis padres, pero sabía que eso jamás sucedería porque ellos estaban muertos y no iban a volver, por un momento deseé ir con ellos. Me acurruque en un rincón del baño, dejando rienda suelta a mis sentimientos de tristeza, odio e ira que no dejaban de fluir de lo mas profundo de mi corazón, hasta que no aguanté mas y grité, grité por ellos, porque no era justo, grité por mi, porque solo tenía quince años y quería a mis padres, a mi abuelo, a mi familia de vuelta en casa, grité hasta quedarme afónico, hasta no poder más. Al cabo de dos largas horas, salí del baño y fui hacia el comedor, aunque tampoco sabía donde se hallaba, estaba perdido, pero en todos los sentidos. Ni sabía donde estaba este lugar, ni porque me habían llevado aquí y mucho menos sabía si saldría algún día. En el camino me crucé con el director, quien me miró y suspiró, con otra vez aquella mirada parecida al miedo, pero ahora con un poco mas de alivio, como si le gustase que llorara y en ese momento me di cuenta de que ese hombre era cruel, estaba casi seguro de que no nos traía aquí para cuidarnos. Me acompaño hasta donde estaban los demás, desayunando. Cuando entré todos y cada uno de esos niños me miraron con lastima, con pena y ahí fue cuando supe que yo jamás sería como ellos, que habían aceptado su desdicha. Yo no quería aceptar eso, no podía. Quería regresar a España y, como mínimo, ser adoptado por una familia normal y corriente, tener un padre, una madre y algún hermano, jugar en el retiro y comer castañas asadas bajo el enorme reloj de la puerta del sol. Sin aguantar ni un segundo mas salí de aquella habitación, de aquel lugar y corrí por las calles de la ciudad, durante minutos, horas, corriendo siempre hacía el norte, pasando por calles grandes llenas de gente, completamente adornadas hasta callejones oscuros y pequeños, tétricos y de mal gusto, que olían mal y en los que apenas quedaba nieve. Corrí desesperado, esperando aparecer de pronto en mi casa, en Madrid, en algún sitio que conociese, no quería quedarme allí, no era mi lugar. Seguí a toda velocidad, quedándome sin aliento, mi estomago comenzaba a rugir pero me daba igual, yo solo quería huir. Corrí hasta que llegue a un pozo en el que estaba todo casi derruido, era tétrico, yo estaba agotado. Me di cuenta de que estaba solo y entonces me asuste aun más, la angustia desapareció, dejando paso al miedo y… ¿Alivio? Estaba sintiendo alivio, por un instante pensé que iba a morir y ceo que esa idea me gustaba pero… ¿Por qué? Creo que era porque así iria con mis padres, lo que deseaba más en este mundo, pero también tenía medio, miedo a que al morir no hubiese nada mas, no existiese el cielo o incluso a ir al infierno. Tenía miedo a dejar de sentir, dejar de escuchar, hablar, moverme, mirar… tenía mucho miedo.
-¿Hola?
Hola, ola, la, a… se escuchó el eco. De pronto una sombra apareció en una ventana. Mi mente dijo huye, mi corazón dijo aguanta y mi alma se paralizo, no podía moverme del miedo, nunca había sabido que era tan miedica ¿O acaso si podía moverme y estaba haciendo caso a mi corazón? A lo mejor ni siquiera estaba pensando en la posibilidad de huir, y era valiente. No lo se, solo se que asustado si estaba, y que creí que en cualquier momento una bala atravesaría mi cabeza o que alguien se abalanzaría sobre mí con un cuchillo, esto era fruto del miedo ¿O de la realidad? Era cierto que podía pasar, estaba solo en un lugar tétrico, derruido y abandonado que perfectamente podía estar abarrotado de asesinos, pederastas, secuestradores… el miedo seguía ahí y moví con desesperación mis manos y un pie hacia atrás, entonces me di cuenta, no estaba paralizado simplemente no quería huir porque no me habían enseñado a ser un miedica, si esto era lo que me tenía que pasar por haber huido de mi hogar que me pasase y, si salía con vida, habría aprendido la lección. De pronto me di cuenta ¿Qué estaba haciendo? Era la primera vez que tenía esta clase de pensamientos, nunca antes había aceptado lo que me pasaba, ni cuando suspendía, me peleaba, me regañaban, ni si quiera con la muerte de mis padres, entonces ¿Por qué pensaba así ahora? Notaba como rápidamente algo cambiaba en mi interior, algo extraño ¿Qué era? Dejé de pensar y me decidí a actuar. Me moví un poco hacia la derecha, buscando avistar a mi enemigo, por así llamarlo.-Que atrevido eres al acercarte aquí- Era una voz demasiado infantil y deje de estar asustado. Esa sensación de tener la muerte cerca seguía en mi interior, no conseguía alejarla pero al menos ya no quería huir en ninguno de los casos y ya no pensaba que me iban a disparar, a clavar un cuchillo o cualquier cosa de esas. Medí bien mis movimientos, observando al completo a aquel joven que me amenazaba con una mirada, por su traje supe que era del orfanato. Di una vuelta, rodeando el pozo mientras aquel joven hacia lo mismo justo enfrente, no enfundaba temor pero un poco de respeto si, por el hecho de a verme conseguido asustar de aquel modo, ni si quiera le había oído llegar y sus pasos eran decididos, como si conociese perfectamente este lugar y lo que iba a suceder a continuación, a lo mejor el tenía todo esto preparado y me había seguido hasta aquí.
-¿Quién eres?-Pregunté
Tenía el pelo a media melena y completamente rubio, era bastante alto, mas que yo, y parecía uno o dos años mayor, llevaba el uniforme del orfanato con la chaqueta desabrochada y el botón de arriba de la camisa roto, parecía un rebelde como los de las películas americanas. ¿Qué querría de mí? A lo mejor había hecho algo que le molestase, aun que yo no había hecho nada desde que llegué.
-Eres un llorica, don niño quiero volver a casa con mis papas muertos.-Dijo aquel chaval.
La rabia inundó todo mi cuerpo y me lancé dando golpes contra él, olvidando mis razonamientos fríos, precipitándome ante mis pensamientos que me decían que mantuviese la calma, me había cabreado. Él me paró y empujó de un puñetazo contra el suelo, tenía mucha fuerza. Al caer me dolieron todos los huesos, que retumbaron en el silencio de la mañana de aquel lugar, me había dolido mucho. El se acercó hasta a mi y me levantó de la chaqueta, yo me intenté escapar, revolviéndome con fuerza y ferocidad.
-¡Estate quieto llorica!-gritó furioso.
-¡No me da la gana! ¡Cállate de una vez bocazas!
-¿Bocazas yo? Yo no voy gritando y lloriqueando por los pasillos que quiero volver con mi mama y mi papa que han muerto. ¡Eres un enano llorica!- Y me soltó, me alejé dando un par de pasos hacía atrás.
-¡Cállate inútil!-Grité frustrado, sabiendo que en el fondo tenía razón. ¿Pero que podía hacer yo para evitarlo? Solo tenía quince años y acababa de sufrir hace unos días la peor desgracia que me podía imaginar, no podía evitar estar triste y llorar.
Justo cuando empecé a andar vuelto de nuevo en ira algo llamo nuestra atención, era un niño, del orfanato que se acercaba al pozo tenia… ¡Tenia los ojos rojos! Estaba seguro de lo que hacía, su piel era blanca, fina y brillante, como la de un vampiro y pensé que estaba en una película de terror, que de pronto se giraría y nos mordería el cuello, chupando nuestra joven sangre y dejándonos secos. O a lo mejor solo quería llevarnos a su malvado castillo para que su rey vampiro hiciese experimentos con nosotros -¿Qué chorrada no?- Dijo una voz en mi cabeza, tenía razón, lo que estaba pensando era completamente absurdo pero, ¿Por qué tenía aquel joven los ojos rojos?
-He chaval ¡No hagas eso! –Gritó el estúpido bocazas, a partir de ahora le llamaría así, porque es lo que es.
Fue demasiado tarde y de pronto, un hombre de unos dieciocho años, vestido completamente de negro agarro al niño, tapándole la boca y cogiéndolo por la cintura, nos miró, sonrió, era completamente tétrico, como sacado de una película estilo ‘Scooby Doo’’ en el que unos jóvenes tienen que investigar hechos extraños, otro pensamiento absurdo, lo sé, pero no tenía nada mejor que pensar. El encapuchado soltó una fría carcajada y desapareció. La sensación de tener la muerte cerca dejo de ser tan intensa, pero la mirada de aquel niño antes de desaparecer se había clavado en mi corazón y las palabras que había conseguido leer de sus labios también:
‘‘Todo es oscuro en la eternidad
Ya voy contigo Papa
La muerte me llama
La tristeza se aleja
Mi corazón se para
Todos moriremos con ellos’’
Canturreaba en una canción que había helado mis huesos. El otro joven se quedo boquiabierto, paralizado del susto, sin habla. De pronto, sin saber porque los dos quisimos llorar, llorar eternamente pero lo único que hicimos fue mirarnos, asustados, llenos de miedo. Acabábamos de presentar una desaparición y a lo mejor si no nos hubiésemos peleado y le hubiésemos visto llegar habríamos podido impedirlo, pero ya había pasado.
-Vámonos de aquí-Le dije
-Vale.-Asintió
Volvimos rápidamente, en cosa de hora y media al orfanato, pasando de nuevo por montones de calles y callejones resbaladizos por el agua-nieve. Cuando llegamos al orfanato contamos lo sucedido, el director llamó a la policía y se fueron a investigar. El resto del día transcurrió normal, o lo que allí parecía normal comimos sopa y merluza a las dos y media, la cual estaba asquerosa, como si tuviese siglos, a mi me costó cosa de una hora comérmela. Al rato, por la tarde acudimos a una charla de autocontrol de ira, cosa que a mi me venía muy bien después de mi encuentro con el bocazas, a las siete merendamos lo que quisimos, yo no comí nada mas que un trozo de chocolate, tenía el estomago revuelto y no dejaba de pensar en la mirada de aquel niño. Después de la merienda nos dejaron salir a la calle pero yo me quedé en la habitación, repitiendo en mi mente aquella tétrica canción con la que había desaparecido el chaval ¿Y si era un hechizo? –Que absurdo-Pensé. No sabía por que pero no dejaba de tener pensamientos absurdos e infantiles pero… ¿Y si eran ciertos?. A las diez cenamos otra cosa repugnante, un filete de ternera tan duro como la suela de un zapato, yo lo dejé en la mesa y me escabullí, echaba muchísimo de menos al dulce y deliciosa comida de mi madre, los jugosos filetes de la sierra y las verduras y hortalizas de los buenos huertos. Después nos fuimos a dormir, eran cosa de las once y medía cuando llegué y ya estaban todos acostados, creo que era el que mas tardaba en comer, pero eso no me preocupaba, jamás me había importado comer rápido, con eso solo conseguías atragantarte. Esa noche no llore por mis padres, lloré porque estaba asustado, aquel niño parecía seguro de si mismo al decir que quería morir, y eso era mas aterrador que cualquier cosa, y aquel joven de dieciocho que se lo había llevado era aun mas tétrico, había conseguido llenar hasta mis últimos huesos de miedo. Ya había comprendido que mis sospechas eran ciertas, todo este lugar era un sitio terrorífico y aterrador, tenía algo escondido bajo sus calles, algo poderoso y malvado, estaba muy seguro de que no nos traían aquí para hacernos felices. Poco a poco sentí como el sueño se apoderaba de mi, pero en mi mente seguían clavados esos ojos y esas palabras de aquel niño inocente que fue arrastrado por algún motivo a desaparecer.
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